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Más allá de la “fecha patria” y su conmemoración. Más allá de las galeras, peinetones y los actos escolares. ¿Qué nos queda del 25 de mayo de 1810 como pregunta hoy?.

Traer el “25 de mayo” al presente es para hablar de una época turbulenta, intensa. De definiciones. Donde las medias tintas se desdibujaban entre los vaivenes de una coyuntura que se debatía entre una crisis que -después se supo- terminal de un orden y el ascenso de otro distinto.

Las épocas de cambios traen aparejados los necesarios “cambios de época”. Y cada época tiene sus ideas, así como las ideas marcan el ritmo de las discusiones a cerca de qué camino seguir.

Traer la conmemoración de un hecho tan radical y disruptivo como el 25 de mayo de 1810, es celebrar el punto de quiebre de un proceso que comenzó mucho antes y terminó mucho después ¿O será que está aún en proceso?.

Ubiquemos el contexto de la época.

Las trece colonias anglosajonas de Norteamérica habían declarado su independencia de la Corona Británica en 1774, después se llamarían los Estados Unidos. Los americanos del norte redactaron una Constitución, algo entonces soñado en la Europa de la ilustración.

El tercer estado en Francia había parido una Revolución de ideas y hechos políticos que abrirían una brecha tanto en el desarrollo de la historia de occidente como en el cuello de Luis XVI en la guillotina. El mismo impulso, cruzó el Atlántico hasta Haití, el primer pueblo independiente de América.

Entrado el largo siglo XIX, la república francesa muta en imperio bajo el mando de Napoleón. España, la Corona de Castilla, caía en manos del Imperio republicano de los galos y con él, Fernando VII iba preso.

La América criolla, entonces compuesta de provincias del Imperio Español, buscaba entrar a la historia de la mano de un proyecto propio. Así se suceden los levantamientos en el Alto Perú (hoy la región andina de Perú y Bolivia), así como las insurgencias en el Mexico central.

No sólo se confrontaban cuestiones impositivas o con quien se podía o no comerciar. Esas ideas que esgrimían los bandos ententes -independentistas radicales o moderados, realistas beligerantes, conservadores nostálgicos o indios insurgentes-

Un proyecto propio

El mayo de 1810 fue la primera, si se quiere, campaña política en nuestro suelo. Al menos, en Buenos Aires. Había partidos, no formales, pero organizaciones ordenadas por ideas e intereses, claramente contrapuestos. La independencia y la república o la submisión a la Corona  no podían convivir en un mismo Cabildo.

Años antes, en 1806 y 1807, los ciudadanos criollos que serían argentinos tiempo después, habían expulsado dos invasiones británicas al Río de la Plata. La defensa y reconquista de Buenos Aires, que hoy son calles, pero entonces fueron iniciadores de una verdadera Revolución tanto política como en las ideas. Después de haber defendido la ciudad y hechado a los ingleses sin ayuda de los españoles ¿quién le sacaba de la cabeza a los porteños que no se podían valer por sus propios medios?.

Ese sentimiento de bravura y autodeterminación de los criollos alimentaba el resentimiento que tenían aquellos que, nacidos en estas pampas, no podían tomar ni participar en las decisiones que hacían a la vida política, económica y social de esta tierra. Las decisiones las tomaban los españoles. Y si bien los criollos ya ocupaban lugares prominentes en el comercio, las armas, las profesiones y aún el clero, estaban vedados de la conducción de los destinos del pueblo en esta provincia de ultramar, tan alejada de la Metrópoli en un imperio en que nunca se ponía el sol.

Y este es el nudo al que se arriba en la Semana de Mayo. Y, tal vez, la discusión hasta el día de hoy.

El “partido de la independencia” contaba con sus notables e ilustres, que esgrimían la idea de la Independencia (así, con mayúsculas) como el más afilado de los sables. Los “conservadores” tenían a los suyos, y aún con razones, defendían la postura de que, si alguna vez Fernando VII volvía capaz podían negociar otras condiciones manteniéndose leales.

No es objeto del presente artículo, no obstante, ahondar en los pormenores de las jornadas de mayo.

Pero la cuestión se dirimió palmo a palmo, entre las plumas, los discursos encendidos, los entreveros en las pulperías del bajo pueblo. La Revolución estaba ahí, en boca de todos. Era una consecuencia directa -casi lógica- de sucesos exteriores -la guerra en Europa- e internos -las disputas entre bandos, el incipiente “orgullo patrio criollo”-.

El “Primer Gobierno Patrio”, el de la Junta Central en el Cabildo de Buenos Aires, estuvo concebido en las ideas de soberanía y autodeterminación, pero los partidos se debatieron en qué era la soberanía y cuál era la legitimidad del gobierno propio. Ahí está el centro de la cuestión, y la reflexión que es importante traer hoy: ¿Qué entendemos por soberanía? ¿cómo participamos -en tanto ciudadanos independientes- de esas decisiones?

Más de doscientos años más tarde, en un mundo tan o más convulsionado que el de entonces, con tantas cuestiones que los argentinos necesitamos revisar hacia delante. El «25 de mayo» nos trae más que unas páginas de historia, opiniones encontradas, un feriado, un locro, un compromiso hacia delante.

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