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Se promocionan como jóvenes, exitosos, visionarios, innovadores. La versión millennial de aquella utopía liberal de Adam Smith. El núcleo del relato con que se sustentan los emprendedores exitosos: aferrándose a una buena idea y a puro mérito, creatividad e inspiración, un emprendedor, desde un garage —presente en el mito fundacional de Apple o Microsoft— llega a una multinacional que factura cifras siderales. El emprendedor la pega, deja de ser empleado para ser jefe.

Distendidos y sin corbata, entre los 30 y 40 y tantos años, los emprendedores “CEO y cofundador” de startups exitosas, explican —y venden, cuándo no— cómo desde un sueño o idea excepcional, llegaron. Exportar sus productos, emplear decenas o cientos de empleados, facturar millones, abrir sedes en otros países. Eso si, todo por mérito propio. Solos.

Problemas de financiamiento, malo o nulo asesoramiento, pérdida de interés o iniciativa, equipos que no están a la altura o con problemas de coordinación, son algunas de las causas que llevan al fracaso a las nacientes microempresas. A veces la idea no encuentra su mercado, ¿o será que el mercado no necesitaba esa idea?.

No obstante los incentivos que circulan por los medios de comunicación hoy día para seguir promoviendo el emprendedorismo, en nuestro país —y estudios en EE.UU. y Europa indican los mismos números—, entre el 50% y 80% de las startups fracasa entre el año y los cinco de haber comenzado. La crème que expone su alto impacto en eventos como TED-X, son menos del 10%.

El emprendedorismo y el mundo de las startups inventaron una cultura nueva y todo un diccionario lleno de nuevas categorías y frases hechas. El génesis en el garage, la unción de la idea brillante, la innovación como religión, la prédica en TED-X y la promesa un cielo donde llegar a ser tu propio jefe “CEO & Co-founder”. La fantasía de “pegarla” en la era del capitalismo cognitivo deja un tendal de “emprendedores” en el camino: entre el 50 y 80% de quienes se lanzan a la aventura individual fracasan de forma estrepitosa.

El problema de las categorías y definiciones

La cuestión de las categorías resulta fundamental. Los emprendedores no se reconocen empresarios. Mucho menos, empleados. Una startup no es una empresa. La planta de personal es un ecosistema. Los empleados y trabajadores, colaboradores.

Pero para saber qué hay detrás de una categoría o nombre (o algo viejo renombrado), vamos a las definiciones. Portales y analistas especializados en el mundo de las empresas y finanzas globales aportan discusiones sobre las startups que pueden ser esclarecedoras.

Según una definición de diccionarios de lengua inglesa, startup es la acción o proceso de poner algo en marcha; no obstante, su acepción en el mundo de los negocios, refiere a una empresa pequeña, de alto riesgo.

Según el portal Business Insider, no hay dos emprendedores que se pongan de acuerdo en una misma definición sobre un emprendimiento. Un estudio de la mencionada publicación cita a un especialista de Stanford que afirma que una startup es “una compañía que trabaja para resolver un problema, donde la solución no es sencilla y el éxito nunca está garantizado”. Algo que se acerca bastante a la realidad, siendo que, según se sabe, la principal causa de fracaso de los emprendimientos es que no tienen mercado. Es decir, la idea del emprendedor no siempre resuelve un problema o satisface una necesidad del público.

Por su parte, Forbes, también se acerca a la problemática. Según la publicación, actualmente se confunde startup con empresa tecnológica. Por ejemplo, Uber, una aplicación para llamar taxis, que está actualmente cotizada en U$S 3,5 mil millones, sigue siendo una startup?. En términos concretos, no, es una multinacional que factura U$S 200 millones. En Estados Unidos o Europa, donde el 98% de la población tiene acceso a internet y el 60% tiene un smartphone, esto da más margen al negocio para expandirse y crecer. Es por casos como estos, que startup/tecnología/éxito se asocian en la subjetividad de la mayoría.

¿Se puede seguir hablando de emprendedores y startups cuando superan el centenar de empleados, abultados negocios en el mercado local, exportaciones millonarias, cotizaciones en NASDAQ y Wall Street o superaron la década de actividad?.

Del garage a una guarida fiscal

Los CEOs y fundadores de multinacionales como MercadoLibre o Globant siguen siendo, según su punto de vista, de emprendedores. Pero lejos quedaron los garages, las aulas de alguna facultad —de La Plata o Stanford— donde esas ideas con acné de los años mozos tomaron su forma pueril. La realidad desde el origen hasta el presente, es radicalmente distinta.

La empresa de Marcos Galperín, cumplió 15 años. Cuenta con aproximadamente 3500 empleados, operaciones en toda la región y cuyo valor llega a US$ 7.640 millones. Más de lo que vale la petrolera de bandera YPF. Eso si, se hizo de abajo: cuando estudiaba su posgrado MBA en la Business School de la Universidad de Stanford (EE.UU.), Galperín, discutió la idea con importantes financistas, y finalmente se lanzó a la aventura de emprender. Sólo con su esfuerzo. Y con asesoramiento y financiamiento de JPMorgan Partners, Flatiron Partners, Hicks Muse Tate and Furst, Goldman Sachs, GE Capital, Banco Santander Central Hispano e eBay —que en septiembre de 2001— adquirió el 19.5% MercadoLibre.

Por su parte, los globbers Migoya, Englebienne y compañía, ya radicaron su startup en Luxemburgo, una guarida fiscal en el centro de Europa. 4000 empleados en varios países en América Latina y Europa, 10 sites en Argentina —próximamente se inicia la construcción del Globant Iconic Building en Tandil— y una facturación en el último trimestre fue de US$ 80 millones.

La Fundación Endeavor, nicho de emprendedores y empresarios, mentora de numerosas empresas innovadoras (sic) y formadora de los valores y la cultura del “capitalismo cognitivo” actual, cuenta entre sus asociados a MercadoLibre y Globant.

Autoreferenciados como “los motores del cambio de los países” (super sic), o los generadores de miles de empleos “meritocráticos, que no requieren subsidios y que ayudan enormemente a la sociedad”, se jacta Galperín en un video institucional de la Fundación.

No obstante los peloteros y los espacios de esparcimiento, los discursos sobre innovación e ideas de “alto impacto social”, las empresas estrella del emprendedorismo local, no comparten esos valores hacia los trabajadores.

Los globbers siguen viviendo periódicamente los revenues que comparten los empresarios que dirigen Globant, donde cada trimestre se multiplican las ganancias de la empresa, las adquisiciones en el exterior o los proyectos más ambiciosos. El trabajo con que se genera la riqueza que usufructúa Globant lo proveen los empleados informáticos que, aun siendo parte del equipo, no ven en sus haberes reflejados una retribución justa respecto de las ganancias empresarias. Así lo demuestran los relevamientos salariales realizados por los delegados de la Unión Informática en la empresa. La disparidad y la falta de reglas claras de trabajo en la empresa, podrían ser subsanadas por medio de la aplicación del Convenio Colectivo de Trabajo de la Unión, reclamo de los empleados que Globant niega sistemáticamente.

No es distinta la historia de MercadoLibre y la proscripción a la actividad sindical, con prácticas muy poco claras —mucho menos modernas— puertas adentro de su empresa.

Para la cultura de los emprendedores, la innovación vendría a ser la religión. Según el especialista Marcelo Rinesi —científico de datos, miembro del del Instituto Baikal y del Institute of Ethics and Emerging Technologies— “el elemento clave de la retórica de Silicon Valley es ‘el futuro’“. Para Rinesi, según explicó al diario La Nación, y problematizando sobre la “innovación”, “la extrapolación de tendencias económicas y tecnológicas se hace de manera acrítica, con llamados a ‘cambiar el mundo’ frente a un futuro —digital, conectado, global— que se da por conocido e inevitable”.

Cuando la “innovación” muere en un discurso de corte religioso, lo que queda —detrás del velo— son las prácticas de antaño.

Bajo el mito del “nacimiento en un garage” de una idea que dió lugar luego a mega empresas se esconden valores clásicos de la sociedad del “sálvese quien pueda”. De esta forma un individuo emprendedor y talentoso “no necesita” más que a su potencial para convertirse en exitoso empresario.

Oportunidades para todos.

Es cierto que en nuestro país, el motor del empleo registrado son las PyMES. No obstante, el exitismo y la búsqueda desesperada de pegarla empuja a muchos empleados en una búsqueda individual. “Si Bill Gates o Steve Jobs empezaron en un garage con una buena idea, entonces yo …”. La cosa no es tan lineal, y así como el trabajo en la era de las TICs significa un reto para las organizaciones gremiales —de que ese trabajo sea justamente retribuido, de calidad y registrado—, también lo es para los empresarios.

A partir de 2015, y tras la reforma del Código Civil y Comercial, rige en la Argentina la figura de las Sociedades Anónimas Unipersonales. Esta figura está contemplada en la modificación a la Ley de Sociedades Comerciales 19.550, específicamente en su Art. 1: “Habrá sociedad cuando una, o más personas en forma organizada…”. De esta forma se elimina el requisito de la pluralidad de socios para constituir una sociedad anónima.

Muchas empresas, al incorporar personal, promueven el modelo Google. A demás del ambiente desestructurado, también están desestructuradas las relaciones laborales: sin regulación, sin horarios, sin convenciones colectivas, sin derechos laborales. No obstante, en el mundo de la flexibilidad, el modelo Google también ofrece a los empleados la posibilidad de disponer de instalaciones (¿un escritorio?¿un teléfono de línea?) para comenzar su propia startup.

Desde estos discursos y prácticas innovadoras, las empresas empujan a los empleados a una condición de individualidad absoluta, cuando los grandes logros, objetivos, inventos e inclusive, la adquisición de derechos, se hace de forma colectiva.

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