Los cambios de Gabinete en el área económica evidencian lo estratégico de avanzar hacia la transformación de la estructura productiva de Argentina. Asimismo, la importancia de comprender al proceso inflacionario como producto de la puja distributiva entre el capital y el trabajo, ante la eventual redistribución de la riqueza. El reto de empezar a revertir la extranjerización de la economía, aumentar la producción y dar un salto de escala en lo que refiere a desarrollo industrial.

    Por Emilio Meynet

    Fuente: Posdata web (04/12/2013)

    Axel Kicillof, Ministro de Economía de la Nación.
    Axel Kicillof, Ministro de Economía de la Nación.

    Más allá de los cambios de apellidos en el gabinete del Poder Ejecutivo Nacional, los problemas que deberá enfrentar el nuevo equipo económico encabezado por Axel Kicillof no son para nada novedosos.

    El alza en los precios, propio de procesos de expansión del mercado interno y transformación de la estructura productiva con su puja distributiva inexorable, y la falta de dólares, son exactamente los mismos puntos a resolver en el temario que se podrían haber escrito hace exactamente un año.

    En primer término, sería correcto determinar la variable estructural que provoca el proceso inflacionario que Argentina vive, al menos, desde 2008. ¿Se debe a la puja distributiva entre el capital y el trabajo? Sí, en parte. ¿O tiene más que ver con la emisión monetaria? No tanto.

    Por supuesto, darle prevalencia y autoridad a una explicación sobre otra, responde a un interés económico de trasfondo. La segunda explicación, de corte más ortodoxo en materia económica, responde a un horizonte devaluador del peso nacional, pero sobre todo de ajuste hacia los asalariados. La primera, propia de la escuela marxista, con mayor abordaje del proceso económico como proceso social, responde a que ante una eventual redistribución de la riqueza en favor de los trabajadores -a través del aumento salarial- el empresariado contesta aumentando los precios de los productos para, de esa manera, sostener el nivel de rentabilidad empresaria, o incluso, aumentarlo.

    Vale aclarar que también cabría la posibilidad de que en lugar de aumentar los precios, se aumente la producción para sostener la rentabilidad. Pero ésa no es una opción que el empresariado nacional haya tomado en la historia.

    Lo que esta segunda explicación deja por fuera es el análisis de la estructura económica nacional, que le otorga tal grado de maniobra a quienes producen bienes y servicios en la República Argentina.

    La oligopolización de muchos sectores de la economía – entre ellos el de los alimentos, corazón de la comedia inflacionaria-, la falta de control sobre la estructura de costos y su capacidad de golpear juntos sobre la agenda nacional, dan cuerpo al drama al que se enfrenta la tía de cualquier lector, cuando se detiene frente a la góndola.

    ¿Cómo se demuestra esto? Ejemplo: de las 69 empresas relevadas por el Instituto Nacional de Estadísticas y Censos (INDEC) -y según números de principios de 2011- 6 de ellas manejan el 85 por ciento de las ventas del sector, y las primeras 3, el 70 por ciento. Estas compañías conforman lo que se llama un monopsonio. Es decir, funcionan como un oligopolio, pero en este caso, de compras.

    El sector está liderado por la multinacional francesa Carrefour, que participa con el 29 por ciento del mercado. Además de locales propios explota las tiendas de descuento Día y absorbió a la cadena Norte. Le sigue el grupo de origen chileno Cencosud, con el 21 por ciento de participación, que opera la cadena Jumbo, que en 2005 pagó 260 millones de dólares a la holandesa Ahold por la cadena Disco y su controlada Plaza Vea.

    El tercer puesto, con una participación del 20 por ciento, lo ocupa la cadena Coto, de capitales argentinos, seguido por la francesa Casino, con el 7 por ciento del mercado, y la cadena local La Anónima, con otro 7 por ciento. Finalmente, la estadounidense Wal-Mart está en sexto lugar, con un 5 por ciento del mercado.

    Cualquier empresa que quiera tener una fuerte presencia en el mercado debe caer inevitablemente en los pies de ellas. Por eso son formadoras de precios y están siendo corresponsables del actual proceso de remarcaciones. Cualquier modificación que hagan sobre los precios de los productos para mantener los niveles de rentabilidad ante los intentos del Estado de redistribuir riquezas, impactarán sobre el consumidor final, o sea, el bolsillo del vecino del 4to B.

    Estos son las situaciones que el nuevo equipo económico debe abordar rápidamente. El ex secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, lejos de ser un coleccionista de fracasos – como desean etiquetarlo sus adversarios que lo combatieron durante años- tuvo un papel muy importante en el control de los caprichos de los dueños del chango.

    Su vocación ultra proteccionista -y mercadointernista acérrimo, como buen defensor del pequeño industrial nacional-, lo llevó a toparse en innumerables ocasiones con los grupos económicos ya mencionados. Quizás el paso que falta es, justamente, ampliar esa mesa de discusiones que tan valientemente enfrentó contra estos cinco o seis varones trajeados. Un primer paso debió ser el control, y así se hizo. Ahora es indispensable descentralizar.

    En cuanto a la falta de dólares la situación parece acomplejarse con el correr de los meses. A pesar de los 195.000 millones de dólares que entraron en la última década, producto de las exportaciones de materias primas, hoy las arcas del BCRA disminuyen aceleradamente. En lo que va del año se fueron 12.190 millones en reservas; y si contamos desde 2010 hacia estos días sumamos más de 33.000 millones.

    Por supuesto que no se debe a que antes existía una gestión excelente de la mano de Martín Redrado, la cual Marcó del Pont se encargó de tirar por la borda. Se tomó la acertada decisión del que el BCRA sea funcional a la economía nacional, se reformó su carta orgánica, y le dio espalda al estado para controlar el tipo de cambio y pagar deuda externa.

    El retroceso en los niveles de reserva, como bien explica Alfredo Zaiat en su nota del 7 de julio, tiene su origen en diversas eventualidades: la caída del precio del oro, el retiro de depósitos en dólares de los bancos de nuestro país, en el gasto de turismo en el exterior, en la operación especulativa de retiros de dólares en cajeros automáticos en el exterior, en un menor ritmo de liquidaciones de exportaciones con una mayor demanda por importaciones, en especial las del rubro combustibles. Cada una de estos puntos colabora en la realidad de nuestras arcas. Pero el canal principal ha sido el pago de diferentes compromisos de deuda.

    El otro nudo del conflicto está en el déficit industrial anual, que supera los 30.000 millones. Y aquí entra en juego la extranjerización de la economía nacional (de las 500 firmas más importantes del país, 312 son extranjeras) y el alto nivel de tercerización a escala global, que obliga a la Argentina a ser una gran importadora de insumos industriales.

    En primer término, porque cualquier empresa extranjera que produzca bienes y servicios dentro de nuestro país responde, en primer orden, a su interés empresarial inmediato; en segundo orden, a su esquema de alianzas en la cadena productiva y su país de origen; y recién en tercero, y casi que testimonial, al interés argentino. Aunque tranquilamente podríamos omitir eso último.

    Aquí también, con esta situación de economía extranjerizada que la Argentina sufre -sobre todo, desde el gobierno de Frondizi en adelante- comienza a afectar la vulnerabilidad del país ante las corridas bancarias y la fuga de capitales, que en los últimos 35 años superó los 174.000 millones de dólares.

    ¿Y qué nos deja la tercerización en la producción? Al depender de la tecnología ajena, el control estratégico no está en nuestro suelo. Por lo tanto, mayor expansión de este tejido industrial, demandaría mayor esfuerzo deficitario para el país, lo que se conoce como “Cuello de Botella”.

    Seguramente este será otro tema a abordar para Kicillof y sus muchachos. Cómo dar un salto de escala en el desarrollo industrial y así sortear la restricción externa. Cómo generar un sistema nacional de innovación propio, que acorte la necesidad de encomendar insumos puertas afueras.

    Solo resolviendo estos temas se encontraran las respuestas definitivas. Las demás son solo reflejos. Quizás bien intencionados, pero seguramente insuficientes. Hay que aprovechar este momento para planificar, cuando aún no hay crisis a la vista.

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